El año 2018 fue uno de los peores años de mi vida. En ese año, la depresión y todos esos sentimientos de inutilidad, desesperanza, tristeza e impotencia me acompañaron, y la amarga sensación del nudo en la garganta me cortaba la respiración. Ese mismo año me gradué de la universidad y, a diferencia de mis compañeros, yo no me sentía orgullosa de mí misma. Me sentía triste, molesta y con miedo a lo que pasaría después.
Los rechazos a los empleos a los que iba aplicando se fueron acumulando, lo que hizo que esos sentimientos que ya venía cargando se intensificaran cada vez más. Y el vacío que me quedó después de terminar una relación que consideraba muy cercana e importante me estaba consumiendo. Me sentía perdida, como si hubiera perdido algo muy importante. Meses después me di cuenta de que me había perdido a mí misma, y eso dolía más. Estar encerrada en casa empeoró todo.
No recuerdo por qué ni cómo fue que un día me dieron ganas de ver aquella serie que había visto a los 6 años, pero que por cosas de la vida no pude seguir. Comencé a ver Digimon Adventure y empecé a jugar Digimon Masters Online (DMO).
DMO fue mi escape durante meses, mi forma de evadir la realidad, y los animes de Digimon terminaron por engancharme. Pasé de sentir cringe al ver las escenas de evolución (sobre todo las escenas en 3D) a sentir emoción, tristeza y esperanza.
Las canciones de Wada Kouji me inspiraron y me dieron esperanza de que las cosas mejorarían. No sabía cuándo ni cómo, pero sentí esperanza. Desde entonces consumo algunos productos de la franquicia: animes, videojuegos, películas, merchandising, y escucho algunas canciones cuando mis días son muy grises.
Tal vez Digimon no formó parte de mi infancia, pero llegó a mi vida justo en el momento en el que estaba sumergida en la depresión.
