La primera vez que vi El cadáver de la novia fue en el cine, días antes del Día de Muertos, allá por el 2006. Yo tenía 11 años. Recuerdo que insistí en verla después de mirar el tráiler una y otra vez. No imaginaba que esa película terminaría marcándome tanto.
La ambientación, el diseño de los personajes, las mariposas, la historia, las canciones y el soundtrack me atraparon por completo. Pero fueron las piezas de piano las que realmente me tocaron el alma. Me hicieron sentir algo que no había sentido antes. Sobre todo el Solo de Víctor: esa escena, la primera vez que la vi, me dejó una espinita que me acompañó durante años. “Me gustaría aprender a tocar el piano”, pensé.
Nunca se lo dije a mis padres. No sé por qué. Tal vez porque, ahora que lo pienso, me hubieran dicho que no: por el dinero, por el tiempo, porque había cosas más importantes.
Pasaron muchos años hasta que, hace poco más de dos, a mediados de enero, en una de esas raras ocasiones en que abrí un Facebook que casi no usaba, apareció una publicación de una escuela donde enseñaban varias cosas, entre ellas piano. No lo pensé demasiado. Me dije: “¿Por qué no? Podría conocer gente nueva y, por fin, aprender a tocar el piano”. Pedí informes y agendé mi primera clase esa misma semana.
Hoy sigo tomando clases. Hay cosas que me han costado, he participado en recitales, he tenido días grises y aun así he seguido adelante. No sé si aprender piano ha sido exactamente lo que imaginaba, pero sí sé que es algo que no quiero soltar. Gracias a mi profesor, me siento inspirada a mejorar cada día.
No planeo ser pianista profesional. Solo quiero tocar las canciones que amo. Y me gusta imaginar que, cuando me jubile, pasaré las tardes frente al piano, recordando a la niña de 11 años que salió del cine con el corazón lleno de música sin saber que, muchos años después, cumpliría ese deseo.
El solo de Víctor, una melodía que despertó un sueño.
